La brecha energética no se está cerrando lo suficientemente rápido. Esto es lo que debe cambiar.

La demanda de electricidad está creciendo rápidamente, y grandes tecnologías como la inteligencia artificial requieren cada vez más inversión. Sin embargo, en muchos lugares casi no se debate quién debe tener primero acceso a energía confiable. Para comunidades alejadas de la red, familias desplazadas y pueblos indígenas, la energía limpia no es una comodidad: es básica para obtener agua, seguridad, salud, atención médica, ingresos y para que los niños puedan estudiar después del anochecer.
En Practical Action creemos que la energía debe llegar a los lugares que el mercado olvida. Debe alimentar lo esencial para que las personas puedan vivir bien. Si fallamos en esto, ¿a quiénes estamos realmente electrificando?
El 26 de enero, el Día Internacional de la Energía Limpia de la ONU nos invita a evaluar el progreso. También debería forzarnos a hacernos una pregunta más dura: ¿a quiénes estamos electrificando si millones aún viven sin electricidad y miles de millones cocinan con combustibles contaminantes?
Las cifras son claras. Aunque los datos globales sobre acceso a energía avanzan, la realidad para los más marginados se estanca. Según la Agencia Internacional de la Energía, más de 660 millones de personas vivían sin electricidad en 2023 y más de 2.1 mil millones dependían de combustibles contaminantes para cocinar. Los primeros indicadores sugieren que el acceso se ha estancado para los más difíciles de alcanzar, que a menudo son ignorados por los programas habituales de acceso energético.
Si las tendencias actuales continúan, cientos de millones de personas en las zonas más pobres y remotas del mundo seguirán sin electricidad en 2030, el mismo año en que el mundo les prometió energía.
Entonces, ¿qué debe cambiar? Desde las planicies de Burkina Faso y los campamentos de personas refugiadas en Ruanda, hasta las riberas de la Amazonía, las respuestas están surgiendo desde las propias comunidades fuera de la red eléctrica:

1. Debe ser asequible, no solo disponible
El principal obstáculo no es la tecnología, sino el costo. Esto mantiene fuera del alcance la cocina limpia para más de 600 millones de personas en el sur de Asia. Romper esta barrera requiere innovación y mayor inversión pública y privada.
Esto implica, con frecuencia, dar forma a la sostenibilidad y el éxito de los negocios mediante el desarrollo de mercados inclusivos y el reconocimiento de que la oferta y la demanda son interdependientes.
En Bangladesh, por ejemplo, estamos apoyando a más de 100 emprendedores de cocina limpia para que accedan a crédito y desarrollen productos innovadores que amplíen las opciones de cocina limpia asequible.
Mientras tanto, en Nepal, estamos aprovechando innovaciones financieras como el Financiamiento Basado en Resultados, donde los pagos están vinculados a resultados previamente acordados, promoviendo la eficiencia y la rendición de cuentas.
Esto se combina luego con créditos de carbono para garantizar que las personas en zonas de difícil acceso puedan adoptar soluciones de cocina mejorada allí donde la electricidad aún no está disponible.
2. Construir sistemas que duren donde más se necesitan
El acceso falla cuando la cadena de suministro se rompe. Apoyar a los distribuidores locales y técnicos crea resiliencia: conocen el terreno, ganan confianza y pueden instalar, mantener y reparar tecnologías.

Esto implica invertir en redes locales que construyan conciencia y confianza entre los consumidores frente a productos que a menudo les resultan desconocidos, y que luego se encarguen de entregar, instalar, mantener y reparar la propia tecnología. Es un modelo impulsado por el Global Distributors Collective (GDC), una red internacional de más de 300 distribuidores de última milla que operan en más de 60 países del mundo.
En Zimbabue, Powerlive, empresa social liderada por mujeres y miembro del GDC, hace mucho más que vender productos solares a comunidades fuera de la red eléctrica. Primero, logran la aceptación de la comunidad y luego colaboran con líderes locales para capacitar a mujeres y jóvenes como agentes de venta y técnicos. Establecen centros a nivel distrital para agilizar la distribución y garantizar el servicio posventa, construyendo una economía local autosostenible en torno a la energía.
Mientras tanto, en Kenia, el foco está en incidir en la legislación nacional. La investigación y el trabajo de incidencia de Practical Action contribuyeron a la Política Nacional de Género en Energía, haciendo que el sector sea más representativo y eficaz. Este trabajo demuestra que los sistemas duraderos no dependen solo del hardware y las cadenas de suministro, sino que también reconocen que los enfoques que ignoran el género pueden profundizar involuntariamente las mismas desigualdades que buscan reducir.

3. Energía para oportunidades reales, no solo para encender una bombilla
El verdadero poder de la energía limpia está en transformar vidas. En Burkina Faso, Awa Convolbo y su cooperativa de manteca de karité enfrentaban una elección: depender de la escasa leña o dejar de trabajar. Gracias a la amplia capacitación que brindamos, la comunidad redujo su dependencia del carbón y la leña. Hoy, una bomba de agua alimentada por energía solar y cocinas mejoradas permiten contar con agua confiable y comidas seguras, convirtiendo la energía directamente en resiliencia e ingresos.
En la Amazonía, Ivo Salazar, responsable de Energía para América Latina, describe una transformación similar:
“Estamos trabajando con comunidades Awajún y Wampis donde pequeños sistemas solares alimentan el procesamiento de cacao. Los productores pueden vender productos de mayor valor, llegar a compradores de forma más confiable y mantener más ingresos en el territorio.”
En última instancia, el acceso a la energía debe estar vinculado al uso productivo, la seguridad alimentaria y los servicios esenciales para construir medios de vida resilientes.

4) Diseñar para todas las personas: la energía como un derecho
Las mujeres y niñas suelen sufrir más los efectos de la falta de energía: cocinar con leña es un riesgo para la salud y puede ser peligroso. Ambas actividades son realizadas casi exclusivamente por mujeres, tanto jóvenes como mayores.
Para las personas que viven en campamentos de personas refugiadas y en comunidades indígenas, la energía también es una cuestión de seguridad y supervivencia. Ahora, además, es más asequible acceder a ella.
Denyse Umubyeyi, directora de país en Ruanda, lo ha visto de primera mano en campamentos que albergan a 120 000 personas refugiadas. “Ninguna solución está completa si deja a las personas refugiadas en la oscuridad”, señaló.
“He sido testigo del impacto de la energía solar y la cocina limpia en los campamentos de Ruanda, con resultados que cambian la vida. Refrigeradores en funcionamiento, máquinas eléctricas en peluquerías. Los quioscos ofrecen bebidas frías. Las familias se sienten más seguras por la noche. Y los niños finalmente tienen la luz que necesitan para aprender.”
En los Andes remotos, se aplica el mismo principio. “Junto con los pueblos Wampis y Awajún en la Amazonía, y con los pueblos Aymara en los Andes, hemos codiseñado un modelo de escuelas saludables alimentadas con energía solar”, añadió Ivo.
“Estos sistemas alimentan tabletas y proporcionan agua limpia, apoyando biohuertos que han transformado las dietas, especialmente en los Andes, donde cultivar hortalizas es muy difícil.”
Camino por delante
Las soluciones existen. Los modelos funcionan. Sin embargo, persiste una brecha evidente. Esto pone de relieve una falla de priorización, no tecnológica. El acceso a la energía es un problema sistémico: existen brechas persistentes en el diseño de los mercados, en las inversiones y una falta de voluntad política para centrarse en las personas fuera del circuito comercial.
Mientras el mundo conmemora el Día Internacional de la Energía Limpia de la ONU, la celebración resulta vacía para los más de 660 millones de personas que aún no tienen electricidad y los 2.1 mil millones que respiran humos tóxicos para poder cocinar.
Organizaciones como Practical Action demuestran que el progreso es posible cuando las intervenciones tienen arraigo social y apuestan por innovaciones financieras, con el objetivo de llegar a 3.4 millones de personas para 2030. Pero este trabajo también pone en evidencia una verdad más amplia e incómoda: la transición energética es actualmente un proyecto segmentado. Un camino avanza a toda velocidad hacia futuros de alta tecnología y demanda; el otro lucha por ofrecer energía básica a quienes la necesitan para sobrevivir.
El objetivo último del acceso universal está claro, pero el camino sigue dividido. La transición energética solo será coherente —y verdaderamente justa— si logra iluminar primero los rincones más oscuros. La pregunta ya no es si se puede hacer, sino si la comunidad global está dispuesta a afrontar una verdad más difícil: una transición que deja atrás a quienes es más difícil alcanzar no es una transición. Es apenas una actualización para quienes ya están conectados.