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No es la lluvia, es la desigualdad: la construcción social del riesgo en Perú 

Escrito por: Fiorella Ramos

Las intensas lluvias de enero y febrero de este año han provocado que más de un tercio de los municipios peruanos se encuentren en estado de emergencia. Al menos 54 personas han perdido la vida y más de 15.000 han resultado damnificadas, en un contexto marcado por deslizamientos, inundaciones, tormentas eléctricas y el desborde de ríos. ¿Por qué el Perú sigue repitiendo el mismo guion? ¿Por qué seguimos viviendo los mismos desastres cada temporada de lluvias?  

Vulnerabilidades sociales: una bomba de tiempo 

El primer error es llamarlo «desastre natural». La lluvia es natural, pero el desastre ocurre cuando una amenaza impacta sobre población expuesta y vulnerable.  Usualmente la vulnerabilidad se asocia, por ejemplo, a condiciones físicas como estructuras frágiles, drenajes insuficientes y ausencia de defensas ribereñas. Un ejemplo de ello son los graves impactos por las lluvias intensas que enfrentó Yanahuara en Arequipa, la segunda ciudad más grande del país, durante esta temporada de lluvia.  

La vulnerabilidad se expresa en diferentes dimensiones. Miluska Ordóñez, especialista de Practical Action, añade que las vulnerabilidades sociales son tan determinantes como las físicas: la falta de planificación territorial con criterios ambientales, la ausencia de memoria colectiva sobre desastres pasados y la desatención a poblaciones como mujeres y adultos mayores reproducen condiciones de riesgo que ninguna obra de infraestructura puede resolver por sí sola. 

En un contexto de alta vulnerabilidad social, la destrucción de infraestructura es el inicio de una cadena de impactos que se extiende mucho más allá de la temporada de lluvias. Por ejemplo, entre enero y marzo de 2026, el Instituto Nacional de Defensa Civil – INDECI reportó 52 puentes vehiculares destruidos y 144 kilómetros de vías vecinales perdidas a nivel nacional. Estas no son solo cifras de obras públicas afectadas: son comunidades aisladas, productos que no llegan al mercado, cadenas de abastecimiento cortadas. Las casi 1.250 hectáreas de cultivo perdidas en este mismo período representan meses de trabajo y la fuente de ingresos de familias enteras. Las 36 aulas destruidas y las 59 inhabitables son niños y niñas fuera del aula, con todo lo que eso implica para su desarrollo y para la continuidad educativa en zonas ya históricamente rezagadas.  

Gestión prospectiva: evitar desastres futuros 

Para reducir estas vulnerabilidades, el Estado peruano cuenta con el Sistema Nacional de Gestión de Riesgo de Desastres (Sinagerd), que distingue tres componentes: la gestión reactiva (responder a la emergencia: evacuar, entregar ayuda, reconstruir), la correctiva (reducir riesgos existentes: limpiar canales, reforzar muros) y la prospectiva (tomar decisiones hoy para evitar crear nuevos riesgos mañana). Aunque hay avances, el país aún enfrenta el reto de transitar de un enfoque centrado en la respuesta hacia una gestión del riesgo más integral que ponga más énfasis en la gestión prospectiva.  

Bajo este enfoque, Practical Action implementa su Programa de Resiliencia Climática en la cuenca del río Rímac, en alineación con el Sinagerd. El trabajo del programa ilustra cómo los tres tipos de gestión del riesgo pueden articularse en un mismo territorio. En el plano reactivo, se fortalecen los sistemas de alerta temprana para que las familias puedan responder oportunamente ante crecidas del río, además de construir instrumentos como planes de emergencia, señalización y brigadas organizadas. En el plano correctivo, se han implementado medidas orientadas a reducir riesgos existentes, como la mejora de sistemas de drenaje gestionados localmente. 

Y en el plano prospectivo, podemos citar que, a través de la Mesa Técnica integrada por la Municipalidad de Chaclacayo, la Municipalidad Metropolitana de Lima, la Autoridad Nacional del Agua (ANA), Practical Action y la comunidad organizada, en 2022 se logró que comunidades con más de cincuenta años de asentamiento reconozcan los límites del territorio habitable y asuman compromisos concretos para no seguir creciendo hacia zonas de mayor exposición en la faja marginal de Chaclacayo, Lima. Además, mediante campañas de forestación, se habilitaron espacios públicos que contribuyen a un uso del suelo adecuado.  

“Nuestro trabajo busca construir resiliencia de manera integral”, explica Miguel Arestegui, líder temático de Resiliencia Climática de Practical Action. “No se trata solo de sembrar árboles sino de construir identidad y comportamientos que transformen cómo las personas se relacionan con su entorno y con sus autoridades”.  

Romper el ciclo de los desastres exige entender que cada decisión de planificación o inversión genera riesgo o resiliencia. La transformación más duradera no viene solo de las obras: viene, como señala Miluska Ordóñez, de «el tejido social, la cohesión comunitaria, de que las personas se reconozcan como sujetos de derecho». Cuando eso ocurre, las comunidades no solo conocen los peligros que enfrentan; inciden en las decisiones que antes se tomaban sin ellas. Podemos cambiar el guion, empezando antes de la próxima lluvia.