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Energía para vivir mejor: cómo la energía solar transforma escuelas y economías rurales

Sistemas fotovoltaicos en la Amazonía, los Andes y el Altiplano están cambiando la educación, la producción y la seguridad alimentaria en territorios históricamente excluidos.

Mientras las ciudades debaten sobre carros eléctricos y edificios inteligentes, 16.2 millones de personas en la región aún carecen de acceso a electricidad (BID) y 75 millones no tienen combustibles limpios para cocinar. El acceso universal a la energía es el séptimo Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS), y a 4 años de terminar el plazo para lograr ese hito la meta parece lejana. Las brechas no son solo de infraestructura; son de oportunidades, de futuro, de dignidad territorial, especialmente en comunidades aisladas e indígenas. 

En paralelo, para contribuir a cerrar el acceso universal de la energía, desde Practical Action creemos que es urgente la implementación de proyectos con energías renovables, diseñados con enfoque territorial, para atender integralmente los usos sociales y productivos, y ser un verdadero motor de desarrollo. Promovemos el uso productivo de la energía en actividades económicas y sociales, porque apostamos por mejorar los medios de vida, por ejemplo, mejorar el riego y procesamiento de alimentos hasta mejorar las condiciones para la educación y salud. 

Futuros brillantes: luz para el aprendizaje 

A más de 4,000 m s. n. m., cerca de la frontera con Bolivia, la escuela primaria Huancasaya funciona con energía solar desde 2022. Sus sistemas fotovoltaicos generan más de 200 kWh mensuales que abastecen un aula de innovación, bombas de agua, pozos de almacenamiento, filtros y cloración, servicios higiénicos con agua caliente y un biohuerto que complementa al programa nacional. La diferencia no es solo técnica: es educativa. Cuando hay luz constante, agua caliente y alimento propio, todo cambia. 

El proyecto Futuros Brillantes cocreó este modelo con comunidades Awajún, Wampis y Aymara para implementarlo en 16 escuelas rurales de frontera en Perú —tanto en la Amazonía como en los Andes— que atienden a más de 700 estudiantes de estas comunidades. La energía, además, ha hecho posible el acceso a agua segura con sistemas de cosecha de lluvia en la Amazonía.  

El impacto va más allá de la infraestructura: mejoran las condiciones para estudiar, aumenta la asistencia escolar y se fortalece el vínculo entre la escuela y la comunidad. La energía limpia se vuelve aliada de la educación, la salud y la permanencia de las familias en el territorio”, manifiesta Mauricio Costa, jefe del proyecto. 

Energía que fortalece economías locales en la Amazonía peruana 

Los agricultores asentados a orillas del Río Santiago, en Amazonas, Perú, hoy cuentan con energía solar para convertir el plátano que cultivan en hojuelas deshidratadas. Los plátanos se secan y procesan, reduciendo su volumen y facilitando su traslado al mercado. El resultado: más ingresos y cadenas de valor que mantienen los beneficios en el territorio. Lo mismo ocurre con el cacao en comunidades Awajún y Wampis en la frontera entre Perú y Ecuador, donde sistemas solares permiten su procesamiento local y acceso a mercados premium con menos intermediarios,  

La energía solar llegó a los productores del Río Santiago, gracias al apoyo del Fondo Paisaje Biodiverso (BLF), un proyecto transfronterizo entre Perú y Ecuador que trabaja con 9 organizaciones indígenas y más de 7,500 familias. Su apuesta es clara: mejorar los ingresos locales mientras se protege la biodiversidad del paisaje amazónico compartido. 

Adaptándonos al cambio climático: riego con energía solar 

En el Altiplano Boliviano, a orillas del Lago Titicaca, en la comunidad de Huantapampa, más de 10 sistemas de riego solar instalados ayudan a 200 pequeños productores a vencer la sequía y las heladas a través del proyecto Energía Solar para promover la agricultura resiliente y mejorar la seguridad alimentaria. Pasaron de una a dos cosechas al año, sin diésel costoso, sin agua desperdiciada, sin agotamiento físico. 

«Con nuestros paneles ya no vamos a necesitar comprar gasolina, nos vamos a ayudar en el riego y vamos a obtener mayor producción e ingreso de dinero” nos cuenta Eva Mamani, productora Icrana. 

Ahora, hombres y mujeres de la comunidad cultivan hortalizas y tubérculos. La mesa está servida con alimentos nutritivos. Las familias producen más, ahorran más y fortalecen su autonomía. 

Lo que hemos aprendido en dos décadas 

Nuestra experiencia trabajando en Latinoamérica —con cerca de 2.9 MW instalados en microrredes solares y sistemas microhidroeléctricos— nos ha enseñado algo fundamental: la energía renovable funciona cuando impulsa medios de vida, no solo cuando ilumina hogares. 

Nuestros sistemas descentralizados pueden atender viviendas, escuelas, puestos de salud y actividades productivas como el riego o procesamiento de alimentos, pero su sostenibilidad depende de soporte técnico continuo, capacitación de usuarios, tarifas adecuadas, gestión comunitaria y marcos de cogestión entre gobierno, sector privado y organizaciones locales. 

Un camino por delante 

Hoy hay interés desde gobiernos y el sector privado. El desafío es avanzar hacia políticas integradas, donde el ministerio de Energía y Minas trabaje junto con los sectores de educación, salud, producción y agricultura, reconociendo que la energía limpia habilita el desarrollo rural andino y amazónico. 

Nuestro trabajo nos recuerda cada día que la transición energética solo será justa y sostenible si pone a las personas, los territorios y las economías locales en el centro. La energía renovable no solo reduce emisiones: abre oportunidades, fortalece comunidades y hace posibles futuros más dignos y resilientes allí donde más se necesita